La mano de Jacinto Ezqueda
Jacinto Ezqueda era un hombre solitario cuyo aislamiento creaba en él un deseo oculto de sentirse vivo, la soledad había causadole un modus vivendi un tanto monótono. La mano de Jacinto Ezqueda, consciente de la situación se deslizaba todas las noches mientras este dormía hacia el lado derecho de la cama y lenta, casi pesadamente, tocaba la pared del pequeño cuarto en que vivían; pensaba que un contacto físico con el mundo ayudaría, de cierta forma, a Jacinto en su anhelo por saberse vivo. Así, cada vez que la mano de Jacinto tocaba la pared en las horas de sueño esta se esforzaba en descubrirle, de a poco, la vida que había en ese contacto. Se pasaba noches enteras estudiando la naturaleza de la pared, aveses se concentraba en la temperatura, otras, escuchaba atentamente atraves de ella, escuchaba, por ejemplo, el crujir de la madera venciéndose poco a poco por la humedad y el tiempo, ¡la casa tenia vida! ¿A caso necesitaba más pruebas Jacinto? En las noches más ociosas se descubría encontrando formas insospechadas en la superficie de la porosa pared e incluso llego a imaginarse alguna pintura de Pollock, depositada ahí casi milagrosamente para que ella la encontrara. Pasaron muchas noches durante muchos meses y la mano de Jacinto Ezqueda cada vez necesitaba un poco mas de la pared para sentirse viva; durante el día mientras Jacinto trabajaba, su mano pasaba las horas, así, tirada al aire y sin ganas de hacer otra cosa mas que pensar en la pared que la esperaba al lado derecho de la cama. Jacinto no se daba cuenta del estado en que se encontraba su mano, ni siquiera cuando esta se le dormía cansada de tanto desvelo –ella siempre estaba cansada por pasar las noches en vela acariciando la pared- y Jacinto sin extrañarse la meneaba de un lado a otro un tanto inconsciente del vértigo que esto le causaba mientras decía “A todos se nos duerme alguna vez la mano”.
La dependencia de la mano de Jacinto Ezqueda creció a tal grado que esta comenzó a buscar “substitutos”. Primero comenzó intentando con la ropa del propio Jacinto, pero rápido perdió interés, pues esta, al tacto le hacía sentir que “se le iba por entre los dedos” máxime que le encontró diversos inconvenientes como el material con que estaba fabricada o los efectos externos como cuando se mojaba –esto le causaba frio-; intento después con la mismísima piel de Jacinto pero, una vez mas, le encontró un defecto: El movimiento causado por la respiración le ocasionaba algo de mareo y nerviosismo; así que cuando no se encontraba tirada al aire sin hacer nada mas que soñar totalmente desganada, ahí, al costado derecho de Jacinto trataba con todo lo que tenia al alcance: platos, sillas, autos, papel, zapatos, comida, animales, todo absolutamente todo. Pero nada le retribuía ni el mas mínimo efecto encontrado en la pared del pequeño cuarto, incluso en alguna ocasión en plena calle, desesperadísima por sentir, toco el bolso de una señora que esperaba el cambio de señal en una esquina, al sentir la textura de tal esta le recordó un poco la pared –era de piel- y en un destello de sinrazón se aferro fuertemente a él, la dueña sorprendida pego un grito mientras manoteaba en contra de Jacinto acusándolo de ladrón; el asunto termino en la comisaria.
Durante las siguientes semanas, la mano de Jacinto Ezqueda se paso horas pensando que la vida no era vida cuando no estaba tocando la pared, así que empezó a maquilar un plan definitivo y concluyente. Lo construyo con la paciencia que un gusano de seda construye su capullo. Así pues, una tarde mientras Jacinto se encontraba en la cocina preparando la cena encontró el momento perfecto para llevar acabo dicho designio y aprovechando un descuido de este, tomo un cuchillo y lo oculto cuidadosamente por entre las ropas de Jacinto. Esa tarde Jacinto comió deliciosa y abundantemente –cosa extraña en el, pues no era buen cocinero-, tanto que, pesadísimo se dejo caer cómodamente en el sillón frente al televisor a fumarse un cigarrillo, su mano, impaciente rascaba el respaldo de tal pensando ya en la hora de acostarse. A las once en punto, Jacinto sintió sueño, levantose lentamente dispuesto a dormir, fue hacia el cuarto de baño y al cabo de cinco minutos se dispuso a dormir. La mano de Jacinto espero pacientemente durante otros quince minutos y cuando lo sintió perdido en los primeros sueños concienzudamente busco el cuchillo que previamente había escondido entre las sabanas, lo empuño serenamente y se levanto explicita, amenazante. Cual cobra hipnotizada, cortando el aire apuñalo violentamente el pecho de Jacinto en tres precisos movimientos. Luego, completamente extasiada se dirigió hacia el lado derecho de la cama, hacia la tan deseada pared, su pared; pensando que ya nada les separaría acariciándola lenta y deliciosamente hasta que comenzó a sentir sueño, el esfuerzo la había agotado y ahora solo quería dormir. Necesitaba descansar, se alejaría de su pared una vez más. Pero eso no le importaba, ya tendría tiempo de sobra para estar con ella, ya tendría incontables días y noches para ella, ya habría más caricias. En estos pensamientos se sumergió al tiempo que caía sobre la cama totalmente inane mientras el cuerpo de Jacinto Ezqueda se desangraba y su alma se perdía en un último suspiro.
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